martes, 15 de agosto de 2017

¿QUIÉN ES MIKE PENCE, EL VICE DE TRUMP DE VISITA EN ARGENTINA?




La Prensa, 15.08.2017

Ultraconservador, opositor a mejorar los derechos de la comunidad homosexual, antiabortista, cristiano evangélico y férreo defensor del achicamiento del Estado. La enumeración describe parte del pensamiento del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, un republicano hecho y derecho (y de derecha), que está de visita en Argentina. 
Abogado y ex locutor de radio, fue líder republicano en la Cámara de Representantes entre 2001 y 2013, lo que le ofrece a Donald Trump un comportamiento menos polémico y un manejo de las relaciones en el Parlamento y al interior del partido. Temas no menores teniendo en cuenta la verborragia oral y tuitera del presidente y la revolución interna que fue su candidatura por su inexperiencia en la política.

Michael Richard "Mike" Pence, mismos nombres que su abuelo, señaló en una entrevista que se involucró en la política por figuras como el ex mandatario John F. Kennedy y el activista por los derechos civiles Martin Luther King. Incluso señaló que en 1980 votó Jimmy Carter, símbolo moderno del Partido Demócrata y reconocido por su lucha a favor de los derechos humanos.

Pero en la década del 80 su pensamiento político viró hacia el conservadurismo al empezar a identificarse con el entonces presidente Ronald Reagan y sus creencias religiosas también viraron al conocer a su actual esposa Karen, con quien tiene tres hijos, en una iglesia evangélica.

"Soy cristiano, conservador y republicano, en ese orden", se autodefinió Pence, de 58 años cumplidos el mes pasado, que entre 2001 y 2013 como miembro de la Cámara de Representantes encabezó batallas que lo colocaron en el centro de atención de los conservadores sociales: votó por el recorte de impuestos, por el achicamiento del gobierno federal, por una política de defensa fuerte y una política social conservadora.
Durante sus años en el Congreso impulsó las rebajas fiscales a las corporaciones para impulsar la inversión, aunque votó a favor de todos los tratados de libre comercio que se propusieron.


En 2006 Pence promovió un plan para cerrar la frontera entre países vecinos. En ese plano, también propuso enviar a todos los indocumentados de vuelta a su país e instaurar un programa de trabajadores destinado a llevar fuerza de trabajo a Estados Unidos durante un período de entre tres y cinco años.

MALVINAS

CATURELLI Y LA NOCIÓN DE GUERRA JUSTA

Pablo S. Otero
La Prensa, 15.08.2017

El filósofo católico Alberto Caturelli, falleció el 4 de octubre de 2016 a los 88 años pero sus escritos siguen y seguirán siendo una referencia obligada a la hora de entender conceptos profundos y no muchas veces desarrollados con tanta claridad como era su estilo: directo, filoso y sin medias tintas.

En 1993, a once años de la gesta de Malvinas, publicó el libro "La Patria y el orden temporal", en el cual reflexiona, entre otros temas, sobre la noción de guerra justa. En ocasión de cumplirse 30 años de la Guerra de Malvinas realizó algunas modificaciones al capítulo dedicado al tema para ser leído durante unas jornadas conmemorativas.

A continuación los conceptos principales de aquel texto esclarecedor:

* La histórica recuperación de las islas Malvinas y demás dependencias del Atlántico Sur con la que toda la vida hemos soñado los argentinos constituye una ocasión única para reflexionar -especialmente en un país de tradición católica- sobre la noción de guerra justa y por lo tanto, lícita. No porque la guerra sea deseable por sí misma (nadie puede pensar esto en su sano juicio), sino en qué sentido una guerra puede ser justa y por eso, también moralmente obligatoria.

* La sociedad perfecta (y llámase perfecta a aquella que se basta para lograr por sí misma su fin propio) debe defenderse de los peligros, interiores o exteriores, que amenazan el bien común. El bien común no es la mera suma de los bienes materiales ni es tampoco la adición de los bienes de las personas singulares, sino un todo de orden diverso constituido por los bienes espirituales, culturales, históricos, materiales, de un pueblo o comunidad civil: es un todo superior a los bienes de las personas singulares.

* En virtud de la primacía del bien común al que debo amar y servir (lo cual viene a identificarse con el patriotismo) cada ciudadano está moralmente obligado a servir, mantener y defender todo lo que le es debido a la Nación en cuanto comunidad política. Esta voluntad permanente de donación al bien común del todo es la justicia en su más alto grado (justicia legal) y es servicio y amor a la Patria. Por consiguiente, la voluntad permanente de donación al bien común es la justicia (y el patriotismo) en su más alto grado. Entonces, la grave injuria contra el bien de la comunidad política vulnera gravemente el derecho natural y es por eso, causa justa de guerra que moralmente nos obliga.

* En un conocido texto, Santo Tomás expuso los caracteres de la guerra justa: Que sea declarada y dirigida, por la autoridad legítima de la sociedad civil. Naturalmente, cuando se sostiene que ha de ser la autoridad legítima debe tenerse en cuenta que la legitimidad de un gobierno (cual quiera fuese el régimen político del país) surge no del cómo, con qué medios, ni por qué ha sido introducido, sino de la simple, tácita y constante adhesión del pueblo, ya que la potestad o autoridad es como la forma de la sociedad que no existiría sin ella; dicho de otro modo, el consentimiento usual confiere legitimidad y eficacia jurídica al régimen gobernante. Que tenga una causa justa (violación de un derecho cierto) y que exista recta intención.

* Lo mismo enseñaba San Agustín y toda la tradición; de ahí que Francisco de Vitoria resuma esta doctrina diciendo que la causa justa de hacer la guerra es la injuria recibida. La causa de una guerra justa es, ante todo, la reparación de un derecho cierto violado (contra el bien común); dicho de otro modo por el mismo doctor: "la única y sola causa justa de hacer la guerra es la injuria recibida".

* Ya se ve que si se trata de la reparación de un derecho cierto violado, en el caso de las Malvinas la guerra es esencialmente justa y de nuestro lado, existe la búsqueda de una justicia vindicativa, de una restitución que le es debida a la patria tanto por derecho natural cuanto positivo.

* En efecto, cuando Inglaterra, en 1833, agredió nuestro derecho efectivamente ejercido sobre las Malvinas e islas del Atlántico Sur usurpando su posesión (no el derecho, que siguió siendo nuestro), cometió un acto de tal naturaleza que siguió agrediendo a la Argentina todo el tiempo, minuto a minuto, segundo a segundo durante casi siglo y medio. No se trató de un acto que desapareció inmediatamente sino, por el contrario, que continuó ejerciéndose contra nuestra soberanía. Por eso Inglaterra puso entonces (y ahora) la causa de guerra justa de parte de la Argentina, y en cualquier momento de todo el tiempo trascurrido, la Argentina podría haber iniciado la guerra, aunque por diversas circunstancias no lo haya hecho o no haya podido hacerlo. Claro es que la guerra es siempre el último recurso y es menester agotar previamente todos los medios pacíficos moralmente rectos.

* Así, todos los caracteres de la guerra justa asisten a la Argentina. En tal circunstancia, es no solo legítimo matar al enemigo sino obligatorio, como enseñaba San Agustín: "El soldado que, obedeciendo a la autoridad [...mata a un hombre, [no es reo de homicidio; más aún, si no lo hace, se le culpa de desertor y menospreciador de la autoridad". La culpa consistiría, precisamente, en no matar al enemigo en defensa del derecho cierto de la patria. El soldado es, pues, ejecutor de la ley natural, y la pusilanimidad en la guerra sería un grave pecado contra el bien común.

* Es bueno recordar los caracteres que tiene la guerra injusta. El mismo Francisco de Vitoria enseña que no es justa causa de guerra el deseo de ensanchar el propio territorio; tampoco lo es el deseo de poder o provecho de la nación atacante; la gloria particular del príncipe, o causas económicas; de hecho en las guerras injustas confluyen juntas estas causas y especialmente se dan todas en las guerras colonialistas.

* La Argentina ha reunido y puede invocar todos los títulos legítimos de una guerra justa. Nadie desea la guerra por sí misma, y la misma guerra tiene por fin la paz.

* A pesar del dolor, desde el dolor y por causa del dolor, comprendemos que jamás es inútil la sangre derramada por la patria. Ya hemos dicho que el amor a la patria es una forma de la caridad o del amor a Dios. Y el hombre cristiano sabe por la fe que quien muere por el bien común muere por sus hermanos. En tal sentido, participa de la Pasión y Muerte de Cristo.

* De acuerdo con toda la tradición y la enseñanza de los Padres, el Concilio Vaticano II designa la paz como "obra de la justicia", no una mera ausencia de guerra y en cuanto tal, es un "perpetuo hacerse" debido a la fragilidad de la voluntad herida por el pecado. "Mientras exista el riesgo de una guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos".

* En el contexto, el derecho de legítima defensa, agotados los medios pacíficos, no es otro que la guerra de legítima defensa, única guerra verdaderamente justa. En modo alguno el Concilio se opone a la noción de guerra justa desde el momento que sostiene "el derecho de legítima defensa". No es lícito utilizar la fuerza militar, es claro, para "someter a otras naciones", pero sí lo es "para defenderse con justicia". Por eso, en modo alguno puede sostenerse que ninguna guerra puede ser justa, ya que tal afirmación anularía la posibilidad misma del derecho de legítima defensa y volvería también imposible la paz, que es, precisamente, obra de la justicia.

* El caso de nuestras Malvinas es un caso clásico: A) violación de un derecho cierto por parte de Inglaterra en 1833; B) "agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia" en relación con el país agresor (agresor desde 1833 hasta hoy), la Argentina hace uso del "derecho de legítima defensa"; C) la Argentina no quiere, con ello, provocar necesariamente la guerra aunque, si de hecho se sigue, es justa como defensa de un derecho cierto.

* La Argentina, al retomar las Malvinas el 2 de Abril de 1982, no fue el país agresor porque el agresor injusto ha sido Inglaterra; pero, si se considera agresión a aquel acto, aun en este caso se trataría de una agresión justa, como acto propio del derecho de legítima defensa. El hecho de haber perdido la batalla por las islas para nada cambia la doctrina. Por el contrario, la confirma.


* No solo es legítimo sino necesario utilizar la expresión "guerra justa", sobre todo en el caso de nuestras islas. Es malsonante para mí que un cristiano deje de usarla porque cree -contra la doctrina permanente de la Iglesia- que toda guerra es injusta.

lunes, 14 de agosto de 2017

EL POLÍTICO QUE APOYA EL ABORTO NO DEBE SER VOTADO


Cardenal Medina, de Chile:

www.ctedrajuanpablomagno.blogspot.com.ar/2017/08/cardenal-medina.html

PELIGRO DEL INDIGENISMO


La democracia abusada

La Nación, editorial,  13 DE AGOSTO DE 2017

"Mandó Calvain traer la criatura que criaba de pechos la mujer de Painé y se la hizo entregar a la madre diciéndole: «Dale de mamar por última vez al niñito»? Llegó la hora, quítanle la criatura del seno, tómanla á ella y de un solo bolazo en el cráneo en la parte superior, fue lo suficiente para que dejase de existir, colocándola al lado izquierdo de su marido."

Así relataba el cautivo Santiago Avendaño el asesinato cruel, a golpes de boleadoras, de treinta y dos mujeres como ritual en las exequias del cacique ranquel Painé (1844) ... "Todas se atropellan topándose unas sobre las otras para no ser designadas como una res en una majada, cayendo algunas para no levantarse sino todas pisoteadas y contusas. Ni más ni menos tal era el aspecto de aquel espantoso drama con todos sus horrores."

Painé había formado la gran nación ranquel en el centro de nuestro país, oponiéndose a Rosas y separándose de Calfucurá, quien lo apoyaba. Como otros "pampas antiguos", los ranqueles fueron "araucanizados" y adoptaron las costumbres mapuches.

Esos rituales son comprensibles en el contexto de su tiempo, al igual que los sacrificios aztecas o los niños ofrendados por los incas en el volcán Llullaillaco. También es entendible que el general Eduardo Racedo hubiera desenterrado los restos del cacique Mariano Rosas para entregarlos a Estanislao Zeballos como piezas de investigación.

Esos contrastes reflejan el progreso moral ocurrido desde entonces. Hoy está aceptado que cada persona es un fin en sí misma y no un medio para los fines del grupo, de la familia o de la tribu. La dignidad humana es el valor por excelencia, con prescindencia del lugar de nacimiento, de las características étnicas, religión o credo político. La adopción de esos valores otorga sustento ético al Estado argentino para reivindicar su soberanía sobre el territorio de la nación: es una democracia republicana, pluralista e inclusiva.

Sin embargo, en los años setenta grupos violentos rechazaron esos valores, usando el terror para subvertir la democracia en nombre del "socialismo nacional". Y, ahora, la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) llama a la "resistencia ancestral" para reivindicar derechos territoriales, mediante agresiones también aterradoras, a personas que viven en paz en el ámbito de la República.

Se trata de la RAM, liderada por Facundo Jones Huala, detenido en la Unidad Penitenciaria 14 de Esquel y de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), su contraparte en Chile. En Chubut, el activista está acusado por ocupar campos y provocar incendios, daños, amenazas, privaciones ilegítimas de la libertad, destrucción de maquinarias, abigeato y robo de mercaderías, entre otros delitos. Su causa más grave es en Chile, que reclama su extradición por terrorismo, tenencia de arma de fuego, incendio de propiedad con habitantes adentro y violación de la ley de extranjería.

Jones Huala manifestó su "orgullo" por el accionar de la RAM, que se adjudicó el incendio del refugio San Martín (conocido como Jakob); daños en la línea eléctrica de Cholila a la ruta 40 y la destrucción de la estación Bruno Thomae del emblemático tren turístico cordillerano La Trochita.

La violencia de la RAM se extendió a la ciudad de Buenos Aires, donde varios encapuchados destrozaron la Casa de la Provincia de Chubut en una movilización frente al Congreso de la Nación para pedir la aparición de un artesano, cuyo paradero se desconoce, donde activistas con las caras tapadas atacaron a policías y periodistas, pintaron móviles e incendiaron motos policiales.

La RAM niega la soberanía nacional sobre el territorio que ocupa, sosteniendo que allí no rigen las instituciones argentinas, sino las del pueblo mapuche. Hasta conforma "tribunales multiculturales" para juzgar y condenar a quienes los enfrenten, como ocurrió con una notificadora judicial hace unos años.

En la cultura que reivindica la RAM nadie podría haber hecho reclamos territoriales, ni alzarse contra la autoridad tribal. Hubieran sido muertos a lanzazos o con bolazos en el cráneo pues allí sólo regía el arbitrio del cacique. Bastante similar a Cuba, Corea del Norte o Venezuela, donde se fusila o encarcela sin debido proceso legal.

Ésa es la gloriosa debilidad de la democracia: rige el Estado de Derecho, aun frente a quienes lo repudian. Aunque se abuse de esa debilidad, como siempre lo han hecho los terroristas en Occidente, reclamando juicios justos y las garantías de los tratados de derechos humanos.

Jones Huala ha expandido su reclamo comarcal, para ampliarlo a la liberación universal: "Proletarios del mundo, uníos". Como un refrito del Manifiesto de 1848, arenga a luchar contra "dos Estados colonialistas y capitalistas" (la Argentina y Chile) mediante la rebelión popular "a través de la Dirección Estratégica de La Vanguardia de Weichafes (guerreros)".

Para la RAM "todas las formas de lucha son válidas", pues considera que la Justicia y las fuerzas del orden son formas de represión arbitraria y no instrumentos legales del poder público. Para legitimarse, la RAM encuadra su accionar en la "legítima defensa" ante el "Estado opresor", intentando así cambiar los roles para victimizarse. Como aquel apotegma de la guerrilla setentista: "La violencia de arriba engendra la violencia de abajo".

Con un discurso ideológico y bien distante de la mansedumbre de su pueblo, Jones Huala denuncia "el tramposo juego de la burocracia y la hipócrita legalidad burguesa, leyes que no dudan en romper cuando el rico lo ordena; allí los jueces se olvidan el Estado de Derecho convirtiéndose en secuestradores y lacayos de terratenientes y empresarios". Consignas rancias, derruidas como el Muro de Berlín y torpes como los dichos del norcoreano Kim Jong-un.

Como hemos señalado desde estas columnas, nadie es realmente un pueblo originario de ningún lugar, pues la evolución humana incluye desplazamientos, dominaciones, extinciones, connubios e himeneos. En ese desarrollo siempre agónico, siempre incierto, existe un avance ético al reconocerse ahora valores universales e inalienables de la persona humana.

Se ha recordado numerosas veces que el pueblo mapuche, cuya lengua era el mapudungun, no es originario de nuestro territorio, pues irrumpió desde el Arauco (Chile) cuando los españoles introdujeron ganado, para arrearlo desde las pampas y venderlo tras la Cordillera. Fueron llamados araucanos y lograron someter a las tribus locales, hasta imponerles sus costumbres.

Pero sea cual fuere su historia, hayan sido los primeros o los segundos habitantes, ningún ciudadano tiene facultad para atribuirse los derechos del pueblo y peticionar en nombre de éste, sin cometer delito de sedición. El principio de igualdad suprime los fueros personales. Los reclamos de cualquier grupo o colectivo deben canalizarse en el marco de la ley y no por fuera, con actos de terror.

Desconocen Jones Huala y sus seguidores que en la Argentina hemos tenido 34 años de democracia, con gobiernos populares, ajenos a la caricatura neoliberal y capitalista que pretenden pintar y que, en 1994, cuando él tendría 8 años, se reformó la Constitución nacional e incluyó el artículo 75, inciso 17, sobre los pueblos indígenas, único grupo poblacional al que le otorga un tratamiento diferenciado.

La Constitución argentina es un pacto de convivencia entre personas distintas, con ideas diferentes y, muchas veces, en conflicto entre ellas. Personas que han optado por respetar esas reglas, olvidando el origen de cada uno para construir un futuro en común. Todos han renunciado al ejercicio de la fuerza para ganar de mano a los demás y aceptan el rigor de las instituciones, aunque frustren deseos individuales.

Los infundados reclamos de la RAM y sus violentas acciones ofenden a nuestros obreros y empleados, estudiantes y jubilados; a quienes buscan empleo o que necesitan doble empleo. A los médicos de guardia, a las maestras rurales, a los inmigrantes recientes y los nietos de inmigrantes; a los pacíficos obreros que trabajan por su sueldo; a quienes viven en asentamientos urbanos o en campamentos patagónicos; a los abanderados y repitentes; a las viudas y madres solteras sin ayuda; a los huérfanos y personas con discapacidad; a los incluidos y a los excluidos.


Todos ellos sienten que nadie debe lograr ventajas abusando de la frágil y noble democracia con capuchas, palos y bombas. Postergando a los demás en su provecho, invocando derechos que no existen, valores que no se comparten y privilegios que no se justifican.

sábado, 12 de agosto de 2017

DÍA DE LA RECONQUISTA


1806 - 12 de Agosto - 2017

www.catolicosalerta.com.ar/historia-argentina/virgen-reconquista.html

COSECHA DE AGUA



el ingenio que permite una ganadería a gran escala en Chaco

En Río Muerto, donde la disponibilidad de agua de calidad es limitante, la empresa Grupo Agros desarrolló un sistema con 120 hectáreas para captar ese recurso con las lluvias

La Nación, Campo,  12 DE AGOSTO DE 2017
Fernando Bertello

Lo dicen sin eufemismos, directo. Para Luis Francisco Calvo, director de Grupo Agros, y Nahuel Ríos, gerente de producción en un campo ubicado a 300 kilómetros de Resistencia, en el noroeste de la provincia de Chaco, en las puertas de El Impenetrable, lo que están haciendo en ese establecimiento es cultivo y cosecha de agua.
¿Cómo? En Río Muerto, en una región que suele tener lluvias de 650 a 700 milímetros anuales, dispersas entre octubre y abril, con temperaturas máximas de 45 grados que en verano representan una alta demanda atmosférica, aquí el agua es el recurso limitante para cualquier emprendimiento ganadero a gran escala. No porque no llueva, sino porque el problema es tener disponibilidad de agua de calidad. El agua subterránea disponible tiene entre 16 y 20 gramos por litro de sales totales cuando lo máximo tolerable son cinco gramos.

El campo, de 13.600 hectáreas (de ellas, un 70% está en producción, con 5000 hectáreas para ganadería y más de 3000 para agricultura), es de Cabaña Chaco Pampa, de Grupo Agros. Se empezó a desarrollar en 1998 con un planteo mixto agrícola-ganadero. Se inició con una ganadería de cría con gatton panic. Sin embargo, la disponibilidad de agua de calidad seguía siendo limitante. Para tratar de enfrentarla, empezaron a construir enormes represas impermeabilizadas con geomembranas para captar el agua de lluvia y utilizar pendientes naturales y caminos para que el agua se dirigiera hacia esas represas.
Hicieron tres represas con una capacidad para 150.000 metros cúbicos, además de tanques australianos y un sistema de 50 kilómetros de cañerías para que el agua llegue hasta los distintos potreros. El modelo permitía tener 3500 cabezas Braford en el campo. En 2009, en un año muy seco aquí y en todo el país, se compraron además máquinas de ósmosis inversa para realizar mezclas de agua salada con el agua de represa.

En el campo igual creían que podían hacer más. Sucede que de una lluvia habitual, tomando como referencia una hectárea de ese sistema con pendientes naturales y caminos, lo que terminaba después entrando a las represas era entre el 5 y el 7% del agua caída. Es decir, una baja eficiencia de cosecha de agua respecto de los milímetros caídos. El sistema de colecta de agua era de 325.000 litros por hectárea por año y con eso alcanzaba para dar de tomar a nueve vacas por hectárea año.


El campo estaba con una carga animal de 1,2 vaca por hectárea/año en el período de lluvias, pero terminada esa temporada se liquidaban categorías y se quedaba con una menor cantidad de cabezas para enfrentar el invierno. "Seguíamos acotados por la disponibilidad de agua para tener un ciclo completo. La carga la regulaba el agua y no el pasto. El pasto sobraba pero no podíamos subir la carga por el agua. Por eso, dejamos de orientarnos al agua de extracción y nos focalizamos en el agua de lluvia", contó Calvo.

Si bien ya tenían las represas y el sistema "natural" de las pendientes y caminos que llevaban el agua a las represas, salieron a buscar alternativas que pudieran darle soporte a una ganadería con más cabezas.

Ayuda menonita

Y en esa búsqueda dieron con Loma Plata, en Paraguay, donde está una de las colonias menonitas del Chaco Paraguayo. Fueron a ver un sistema de captación que, para trazar una comparación simple, es como el techo de una casa que junta agua a través de canaletas y la manda a un aljibe. Sólo que para el caso de la producción se trata de un área de superficie que se destina exclusivamente para captar agua. Esto es con camellones (son como curvas de nivel una al lado de la otra con 6 metros de ancho por 200 de largo y unos 60 centímetros de altura en su cúspide) orientados a canales secundarios que recolectan el agua, canales primarios que la llevan a un pulmón o ante-represa y luego a las mismas represas.

Volvieron maravillados de lo que vieron en Paraguay. En 2014 empezaron a probar con 25 hectáreas de área de captación y luego avanzaron hacia un sistema de 120 hectáreas, que pasaron de cultivos agrícolas a cosechar agua para la ganadería. Contrataron a un agrimensor para que marque las pendientes y luego se pusieron a trabajar con planos de un ingeniero civil que indicó la orientación de los camellones y los canales. Trabajaron con máquinas propias, un tractor y una niveladora para las obras. "La captación requiere un 2,5% de pendiente, por lo que hay que juntar el agua pero que ésta no tome velocidad y genere erosión y rotura de canales", graficó Ríos sobre el sistema.

Todo el sistema está compuesto por las 120 hectáreas de área de captación, cinco represas, todas impermeabilizadas, 8 tanques australianos con 300.000 a 500.000 litros, elevados y ubicados cerca de las represas, además de los 50 kilómetros de cañería que llevan el agua todos los potreros. El campo tiene ahora capacidad para 230.000 metros cúbicos. "Al implementar las áreas de captación de agua, que para nosotros es como tener un cultivo, dimos un vuelvo fenomenal", se entusiasma Calvo.

Los números le dan la razón. Si antes en una hectárea captaban 325.000 litros por año por hectárea, con el sistema actual están en 3,9 millones de litros por año por hectárea. Pasaron a una eficiencia de cosecha del agua del 55 al 60% (parte se pierde en el suelo y evapotranspira).

Además, si antes podían darle de tomar a nueve vacas por hectárea año, ahora, con el sistema implementado de captación con camellones y canales, están en un nivel de 107 vacas por hectárea año. Con cualquier lluvia arriba de 20 mm ya pueden obtener agua para las represas cuando antes necesitaban más de 50 mm.

Ya tienen en el campo 5500 cabezas (30% del rodeo es de la cabaña Chaco Pampa) y con el sistema podrían poner 3000 cabezas más, ya con un confinamiento. "Con las lluvias de los últimos cuatro a cinco meses tenemos agua para las 5500 cabezas para 310 a 340 días", dijo Calvo. En Río Muerto, un pueblo de 2000 habitantes, no hay agua potable, según cuentan aquí. Llega de una perforación a 10 kilómetros y se rebombea para la población. Serían suficientes 20 hectáreas del sistema para que, si bien luego requiere un tratamiento para la población, se pueda aprovechar esa agua de lluvia.

La inversión según el proyecto

¿Cuánto cuesta hacer el sistema que tienen en el establecimiento de Grupo Agros? Hacer el área de captación propiamente dicha, esto es con camellones y canales, demanda un costo operativo de $ 7500 por hectárea con maquinaria propia. Ahora bien, si hay que recurrir a un contratista ese costo trepa a los $ 25.000 por hectárea.

En tanto, hay que hablar de otros números si se empieza de cero con todo, es decir, con represas incluidas, tanques australianos y cañerías. Según los cálculos que manejan en la empresa, para este caso hoy realizar una inversión completa para 1000 cabezas, con por ejemplo una represa de 40.000 metros cúbicos y 20 hectáreas de área de captación, requiere desembolsar US$ 80.000.

¿En cuánto tiempo se amortiza esto? Si se trata de hacer de cero toda la inversión, se amortiza en un plazo mínimo de 10 años. En el campo, las membranas de las represas tienen casi 15 años y exhiben un deterioro sólo en la parte expuesta al sol, pero no es problemático. Aprovechando la estructura, en el campo están evaluando hacer pruebas para agricultura, pensando en la posibilidad del riego por goteo subterráneo.


Diseño

Para poner en marcha una superficie destinada a captación hay que conocer las pendientes de manera de hacer el menor movimiento de tierra posible. La captación debe tener una pendiente del 2,5%. Es importante que el agua no tome velocidad y genere erosión o rotura de canales

Obra

Luego del trabajo de un agrimensor y con planos de obra, si se cuenta maquinaria propia, un tractor y una niveladora, se puede realizar el área de captación. Con maquinaria propia cuesta $ 7500 por hectárea. Con contratista sube a un valor de 25.000 por hectárea.

Mantenimiento

En el área de captación debe haber un control de malezas para mantener la eficiencia del sistema. En el establecimiento trabajan con preemergentes y herbicidas residuales. Según los análisis, no se han encontrado residuos en el agua que se usa para los animales.

Repaso

Así como debe haber un control de malezas que asegure la limpieza del lugar donde se capta el agua, cada dos años se tiene que llevar adelante un repaso de los camellones, ya que pasado ese tiempo suelen degradarse un poco. También se buscan mejoras con la compactación.

Escala


La cantidad de hectáreas para captación tiene que ver con el proyecto. Puede comenzarse con 20 hectáreas, superficie para 1000 cabezas. En el campo calculan, tomando en cuenta la evaporación y con un promedio de las distintas categorías de hacienda, 100 litros por día por animal.

viernes, 11 de agosto de 2017

LA EXPULSIÓN DEL GENERAL ROCA


 UN GRAVE ERROR  HISTORICO

Roberto A. Ferrero

   Con gran sorpresa me he enterado hace unos días de la iniciativa destinada a expulsar de nuestra nomenclatura urbana  al General Julio A. Roca, que da nombre al Boulevard epónimo. Creo que se trata de una gran equivocación, surgida quizá de un espíritu generoso y humanitario hacia nuestros maltratados pueblos aborígenes, pero que no encuentra asidero alguno en sus principales sustentos argumentativos.

    Estos argumentos, motorizados por el escritor argentinogermano Osvaldo Bayer –partidario expreso de separar la Patagonia del resto de  nuestro país para constituir en ella una nación independiente- son esencialmente dos, tan a-históricos y descontextualizados uno como el otro. El más agresivo de ambos es el que quiere hacer del general Roca un “genocida”. 

Ahora bien: esta es una ligereza semántica y política, porque ¿qué es un genocidio?  El exterminio deliberado de una etnia o de un grupo social por el solo hecho de serlo, y generalmente o casi siempre, ejercido sobre gentes imposibilitadas de autodefensa alguna. Los turcos asesinaron a un  millón y medio de armenios, pero éstos no victimaron uno solo de sus perseguidores. Eso era un genocidio. 

Los nazis exterminaron seis millones de judíos, sin que éstos persiguieran o mataran un solo alemán. Eso también era un  genocidio. Pero el caso de Roca y la Conquista del Desierto es totalmente distinto. No fue un genocidio, sino la culminación de una larguísima guerra, en la cual los indígenas tuvieron, entre 1820 y 1882 –según el prolijo inventario del historiador indigenista Martínez Zarazola- 7.598 bajas, pero a su vez causaron la muerte de 3.200 criollos (fortineros, pequeños propietarios, viajeros, hacendados, mujeres, autoridades, niños…) 

En la llamada “Invasión Grande” de Namuncurá a la pcia. de Buenos Aires a fines de 1875, sólo en Azul el malón asesinó 400 vecinos, cautivó 500 y se apoderó de 300.000 animales que, como siempre, fueron vendidos en Chile con jugosas ganancias. (A propósito: el cacique Casimiro Catriel habitaba en Azul, usaba carruaje y tenía cuenta abierta en el Banco de la ciudad…) ¿Era entonces el de Azul un genocidio criollo causado por los indios? De ninguna manera: fue una etapa de esta prolongada y cruel guerra. Los que guerreaban contra Roca no eran unos desgraciados indios como los que ahora penan injustamente a orillas del Pilcomayo o en los suburbios de Rosario al que han emigrado, compatriotas a los que se los debe ayudar e integrar en su diversidad. 

Eran soldados de un cuasi-Estado indígena, que rivalizaba y desafiaba al Estado nacional y que practicaba la esclavitud sobre blancos cautivados e indios comprados en Chile. Comentando la visita que en 1872 hizo el oficial Mariano Bejarano, enviado por el gobierno nacional, al cacique Sayhueque, caudillo del “País de las Manzanas” (hoy Neuquén), dice el escritor indigenista Curruhuinca-Roux: “La visita de Bejarano fue una visita oficial, de un enviado de un gobierno al jefe de otro gobierno”. Los malones no eran tácticas defensivas contra los blancos “invasores”, sino verdaderas expediciones para capturar botín, al estilo de vikingos terrestres, mitad piratas y mitad comerciantes, botines que eran negociados en Chile, cuyas autoridades fogoneaban estos malones para debilitar al gobierno argentino y quedarse con la Patagonia. 

No debemos tener una concepción maniquea e ingenua de la Historia. La Historia real es más complicada que la visión tipo “Billiken” de malvados y  víctimas, héroes y villanos. Y mucho más se puede decir sobre este primer argumento históricamente equivocado, pero con lo dicho basta.

     El segundo argumento dice que los pueblos aborígenes originarios fueron despojados de las tierras que les pertenecían en la llanura pampeana y en las vastas extensiones patagónicas. Nada menos cierto. En cuanto al carácter de originarios de las tribus indígenas que poblaban nuestras pampas –casi todas variantes o ramas del pueblo araucano- sólo un desconocimiento total de la historia de nuestro país y de la de Chile puede explicar tamaño error. Efectivamente: esas tribus trasandinas no tenían nada de “originarias”, ya que empezaron a migrar desde más allá de los Andes a nuestra Patria recién desde principios del Siglo XVIII. Más originarios eran los nativos de este suelo, en comparación, porque los esforzados pobladores de la frontera y los soldados, oficiales y Jefes criollos de la Conquista del Desierto –con excepción de Fotheringham que era inglés y de Nicolás Levalle que era italiano y algún otro- no tenían menos títulos a estas tierras que los ranqueles, pampas o manzaneros. 

Sus ancestros se remontaban a la misma o a una más antigua época. En cuanto al carácter de “dueños de la tierra” que alegaban las tribus indígenas y sus generosos defensores actuales, debe reconocérselo pero con la siguiente limitación: ellas no eran las dueñas exclusivas de la pampa: la pampa ubérrima, inmensa, era de todos los argentinos, criollos o indios, nativos o hijos de inmigrantes, de los que ocupaban y de los que esperaban en los puertos para poblarla. Calfucurá, Namuncurá, Catriel, Baigorrita, Pincén, Mariano Rosas y demás caudillos indios no podían guardar para si solos lo que era patrimonio común. Como el perro del hortelano que, según el popular dicho español, “no come ni deja comer”, así aquellos temibles pobladores de la llanura argentina no la hacían producir ni dejaban que otros lo hicieran. Esa negativa, puesta como una muralla al crecimiento impetuoso de las fuerzas productivas, no podía durar y no duró. La necesidad histórica que, como dice Hegel desgraciadamente “siempre avanza por su lado malo”, y que llevaba en su seno el progreso agropecuario de la nación, la había condenado.


    Por lo demás, la defensa de Roca en relación a la Conquista del Desierto no puede hacer olvidar los otros grandes aportes que él y la “Generación del 80” hicieron a la construcción de esta Argentina Moderna, hoy tan descalabrada: la nacionalización de Buenos Aires y su Puerto único, la instauración de las instituciones seculares, la enseñanza laica, la inmigración de masas y la colonización agraria. Estas realizaciones lo hacen más que acreedor al agradecimiento nacional y,  por ende, a la nominación de una calle, que es una de las formas en que los pueblos suelen recordar a sus benefactores. 

Que esa Generación haya derivado rápidamente en Oligarquía y que los especuladores y grandes comerciantes y terratenientes hayan monopolizado luego las extensiones recuperadas para el trabajo y la producción, es una sub-etapa diferente del desarrollo argentino, que no puede opacar la gestión de quienes como Roca y sus amigos se esforzaron por darnos definitivamente un país unificado.
    Si los enemigos de los genocidios buscar un culpable, más vale que estudien las biografías de Mitre y de Sarmiento, que predicaron y llevaron adelante una verdadera hecatombe social contra la estirpe criolla originaria. ¿Por qué nadie se refiere a este genocidio, que realmente lo fue? 

¿O acaso no aconsejó el “civilizador” Sarmiento a Mitre que “no trepidara en derramar sangre de gauchos, que es lo único que tienen de humano”? No propongo que se cambie la denominación de la calle Sarmiento por la de Coliqueo, pero si creo que, sin quitar al general Roca del Boulevard que honra su nombre, podría rendirse el homenaje que desean los indigenistas en otra calle de la ciudad. Al final de cuentas, tanto unos como otros, nos guste o no, son parte de la historia nacional, si es que la queremos entender en su unidad integral y no como un combate entre buenos y malos, que se derriban unos a otros de sus pedestales como en los torneos de la Edad Media, edad oscura por cierto. Esta no es una hora de denigración, sino de integración, no de balcanización, sino de unidad latinoamericana. Todo lo que vaya contra esta perspectiva no puede sino hacer el juego al enemigo extranjero que nos asecha y se propone aprovecharse de nuestros enfrentamientos y nuestros artificiales enconos.

                Roberto A. Ferrero
    Ex-Presidente de la Junta Provincial de
                     Historia de Córdoba

(Publicado en “La Voz de San Justo” de San Francisco y en “La Nueva Región” de Laboulaye y en “Pensamiento Plural, blog)) 

                          


DEFENSA DEL GENERAL ROCA

                        Por Roberto A. Ferrero

En la Página Web de Vilma Ripoll se publicó hace un tiempo una corta nota (“Roca: un balance objetivo”) del Sr. Mariano Rosa, quien se presenta como miembro de la Campaña “Chau Roca” (junto al escritor germano-patagónico Osvaldo Bayer) y del MST, reivindicando el “planteo crítico” de  “nuestro diputado Alejandro Bodart” sobre “la figura de Julio Roca”. Desde tal sitio de enunciación quiere  “señalar -agrega- varias cuestiones”, que pasa a enumerar. O mejor dicho: a embarrar, porque en pocas líneas acumula tal cantidad de errores y falsedades de hecho que no nos explicamos cómo la responsable del sitio ha consentido en publicar tal nota sin chequear el mínimo de verdad que todo escrito dirigido a la opinión  pública debe contener. “Roca: un balance objetivo” es en verdad un texto notable, pero no por su erudición -que es inexistente- o su equilibrio valorativo -que brilla por su ausencia- sino porque constituye un resumen claro y breve de todas las falacias “a designio” (como decía Sarmiento respecto a su propio “Facundo”) e invenciones fantásticas y/o infantiles que los grupos de indigenistas fundamentalistas utilizan para “desmonumentalizar” a Roca.

Veamos en detalle tales “cuestiones”, que trata de esclarecer el Sr. Rosa, de quien ignoramos -eso es responsabilidad nuestra- si es historiador, estudiante de historia o simple “curioseador” del pasado argentino, pero siempre lamentable.
1) “Roca fue presidente electo con un régimen político fraudulento con la UCR proscripta”, asegura Rosa.

FALSO. Roca fue elegido para su primer mandato (1880-1886) precisamente en1880, cuando la Unión Cívica Radical no existía: aún faltaban 10 años para su aparición, que data del 26 de junio de 1891(1). Luego, en marzo de 1898, el Conquistador del Desierto, es elegido para un segundo mandato (1898-1904). Para entonces la UCR ya existía, pero es mentira que estuviera “proscripta”. Tan no lo estaba que participa en las elecciones para diputados nacionales de febrero de 1895 y en las de Gobernador de Buenos Aires, días después, venciendo en ambas. Vuelve a participar en las del 8 de mayo de 1896 y es vencida (2). Para las presidenciales de marzo de 1898, los radicales acuerdan con Mitre para enfrentar a Roca. Si finalmente éste salió electo no fue porque el gobierno del Presidente José Evaristo Uriburu proscribiera a la UCR, sino porque Hipólito Yrigoyen arruina el contubernio de mitristas y  radicales “bernardistas” disolviendo el Comité de la Provincia de Buenos Aires, el más poderoso del partido (3).

2) “El argumento de los indios chilenos es una aberración histórica: no existían en el siglo XIX los límites territoriales actuales”, asegura Rosa en tren de especialista en cartografía.
FALSO: Sí existían desde que las tres provincias de Cuyo fueron separadas de Chile e incorporadas al Virreinato del Río de la Plata (4). Existían esos límites y eran bien visibles: los marcaba la Cordillera de los Andes. Al Este, nuestro país; al Oeste, Chile.

3) “…apelamos a una fuente inobjetable para los roquistas convencidos: el diario La Nación…”, dice Rosa, sobreentendiendo que el diario de Mitre era ¡roquista!
FALSO: “La Nación” de Mitre no sólo no era roquista, sino que era violentamente antiroquista, como sabe cualquier estudiante de historia. O sea que para los partidarios de Roca no era una “fuente inobjetable”, sino todo lo contrario. El general Mitre odiaba a Roca por un triple motivo: porque era un tucumano, un “bárbaro” del interior; porque en 1874, siendo Coronel, fue uno de los militares que desbarató la revolución que en septiembre de 1874 desató Mitre para impedir que Nicolás Avellaneda asumiera el cargo de Presidente de la República para el que había sido legalmente electo; y porque lo sabía un firme defensor de la tesis de la nacionalización de la ciudad, puerto y aduana de Buenos Aires, arrebatadas a la oligarquía porteña por Avellaneda y Roca tras 70 años de luchas civiles.
El general Roca opinaba así sobre la “fuente inobjetable”: “Nuestros grandes diarios criollos, La Nación, La Prensa y El Diario, que se odian entre sí, se juntan siempre para demoler y ultrajar. Esta nuestra prensa cree que no se puede existir si no se ataca toda iniciativa del gobierno por buena que sea… Pero han abusado y abusan tanto de este sistema negativo, que ya no se les hace caso y no impiden realizar lo que uno cree bueno y útil para el país” (5).


4) “Roca no solamente asesinó a miles de seres humanos en su cacería patagónica…”, es una afirmación del pseudohistoriador “objetivo” que contiene en una sola frase dos errores de hecho. Veamos:     
     4.a) “Roca no sólo asesinó a miles de seres humanos…”. Acá viene el tema recurrente y favorito de los indigenistas fundamentalistas  y rústicos antirroquistas: “Roca, el genocida”.
FALSO. ERRÓNEO OTRA VEZ. Roca no asesinó a nadie ni mandó asesinar a nadie. El articulista lo confunde con los Presidentes norteamericanos, que sí tienen la costumbre de hacer asesinar gente: a Torrijos en Panamá, a Bin Laden, a Salvador Allende, al general boliviano Juan José Torres, a Yasser Arafat, a los científicos atómicos iraníes y quién sabe cuantos centenares más. Lo que hizo Roca y  mandó hacer fueron dos cosas fundamentales: una, ocupar territorialmente una vasta región que ambicionaba vehementemente la aristocracia vasco-chilena apretada entre el Pacífico y los Andes (6), y dos, aplastar definitivamente la capacidad ofensiva de las tribus de la pampa que asolaban la frontera y aún zonas muy dentro de ella. Lo mismo se habían propuesto gobiernos anteriores, con suerte diversa. Los muertos que hubo, de uno y otro lado, no fueron “asesinatos”, sino víctimas de una guerra larga y permanente que se inicia en los albores mismos de la constitución del país en 1810. Quienes hablan de Genocidio, no saben de qué hablan. El genocidio es el exterminio de una gens -de una etnia, de un pueblo- por el sólo hecho de ser tal, generalmente sin bajas de parte de los victimarios. Los nazis asesinaron 6 millones de judíos, pero éstos no abatieron ni un alemán, salvo en el heroico levantamiento del Ghetto de Varsovia en 1944: ese era un genocidio. Los turcos, en 1915, exterminaron un millón y medio de armenios, quienes no causaron ni una muerte a sus crueles persecutores: ese era también un genocidio. En cambio, en nuestro país, la Conquista del Desierto no fue un genocidio indígena, como se afirma sin rigor alguno, sino el último episodio de la larga guerra de la Frontera, donde hubo -como en toda guerra- miles de víctimas de ambos lados. Según el prolijo detalle del historiador parcial y proindigenista Carlos Martínez Sarasola, entre 1821 y 1884 murieron 11.335 indígenas (7) en las pampas y la Patagonia, correspondiendo al período roquista el 18% de esas muertes. Pero los Rosa y demás indigenistas balcanizadores -partidarios de desprender de nuestro país otros territorios soberanos para las etnias indígenas- se olvidan consignar que en el mismo lapso murieron por obra de los malones más de 3.200 argentinos criollos (8). Añadamos, para ir reduciendo los mitos que adornan el tratamiento del asunto, que las tribus utilizaban  también en sus ataques y su resistencia el famoso Remington, cuyo parque iba creciendo entre ellos merced al aprovisionamiento de hacendados y traficantes chilenos. Todo con el agravante de que la mayor parte de los indígenas muertos eran indios de pelea, mientras que entre los criollos lo eran mujeres, niños y productores pacíficos de la frontera.
   Fue una larga guerra, repetimos, entre el Estado nacional en constitución y las tribus de la pampa, que éstas perdieron porque las guerras no se ganan con la valentía de los combatientes, sino con el poderío del aparato productivo que  respalda a cada adversario. Y los belicosos araucanos, pampas y ranqueles no tenían aparato productivo alguno detrás de ellos: no eran agricultores, ni criadores, ni artesanos. Ni siquiera recolectores-cazadores. Sus fuerzas productivas estaban delante, no detrás: eran las de los pobladores criollos de la pampa ganadera, y al convertirlas en su objetivo vital caían en una contradicción irresoluble: debían apoderarse de ellas y consumirlas  para sobrevivir, pero al hacerlo, simultáneamente las destruían. El malón y los subsidios gubernamentales eran la “industria sin chimeneas” de las tribus de la pampa.
   Por lo demás ¿Qué clase de genocida es este Roca que después de derrotar a las tribus de la pampa invita a cenar en su casa particular al cacique Ñancuche, designa a otro -Sayhueque- gobernador del “país de las manzanas” (9), y entrega tierras a las tribus de este mismo Sayhueque, de Namuncurá, de Payné, de Curruhuinca, de Luis Baigorrita, de Pichihuinca, de Tripailaf y de Antemil? (10). Ya en 1885, casi al final de su mandato, el propio Roca propuso al Congreso Nacional una Ley de Colonización indígena, que otorgaba a cada familia entre 30 y 100 hectáreas de tierra, preveía un Consejo asesor de 5 indígenas, rentados, y la entrega de semillas, ganados e instrumentos de labranza. Tratado en la Cámara de Diputados, el proyecto fue frustrado por la oposición, que lo hizo volver a comisión (11) ¿Se imagina alguien al genocida Adolfo Hitler entregando tierras y empresas a los judíos alemanes en Baviera o en Prusia o invitando a almorzar en su mansión de Berchtsgaden a Ernst Thäelman, jefe del KPD puesto fuera de la ley?
  Hubo despojos de tierras, entregas de mujeres indias en servidumbre, crueldades con los jefes indios encerrados temporariamente en Martín García, explotación de indígenas en estancias, cañaverales y quebrachales y muchos abusos más. Pero también hubo un esfuerzo por parte del roquismo de estructurar una política de Estado para beneficiar y civilizar a los indígenas subsistentes tras la Conquista del Desierto.  Como bien dicen los que han estudiado responsablemente el tema -Susana Botte, Enrique H. Mases y otros- no hubo un “plan genocida” de parte de Roca, sino más bien una ausencia de proyectos para después de la Conquista: el presente del avance sobre “el Desierto” absorbió toda la atención y toda la energía de sus realizadores. Recién después, cuando se advirtió que la masa de indios rendidos constituían “un saldo no deseado y embarazoso” (Susana Botte dixit) de un problema que debía resolverse humanamente, el Estado roquista fue implementando empíricamente, con marchas y contramarchas, una serie de medidas para darle solución. Sin entrar en más detalles que los dados arriba, cabe asegurar que las autoridades roquistas no asesinaron a los indios rendidos (como sí hicieron con los suyos los norteamericanos, para quienes “el único indio bueno es el indio muerto”) ni los encerraron en campos de concentración (como hicieron los yankis durante la Segunda Guerra Mundial con los ciudadanos estadounidenses descendientes de japoneses). Incluso, en la medida de su relativa autonomía, ese Estado, preservando el orden existente, puso coto a las ansias de desmedida explotación de aquellos pobres y vencidos compatriotas indios por parte de la ávida oligarquía porteña, incorporando a muchos de ellos al ejército nacional con goce de sueldo. Esto también ha sido criticado por los “indigenistas”, pero cabe preguntarse: ¿sería equitativo que los antiguos guerreros de la pampa quedaran exceptuados de un servicio que se exigía a todos los criollos pobres? ¿No sería este un fuero, una dispensa que rompía la igualdad ante la ley?  ¿Y no quedarían si no como mano de obra barata disponible para ser exprimida al modo servil por estancieros y terratenientes? Es que argumentadores como este Sr. Rosa son como la gata Flora: si se los enrolaba, alegarían “explotación” de parte de las FF.AA., y si se los dispensaba esgrimirían “discriminación”… Pareciera que lo que molesta tanto a los indigenistas porteños no es tanto que a los indios incorporados se los haya maltratado -como a los soldados criollos- sino que centenares de ellos hayan combatido valientemente en el Ejército roquista que derrotó a los separatistas bonaerenses del gobernador Carlos Tejedor en los sangrientos combates de 1880.
Agreguemos que en el proyecto de Código de Trabajo pensado por el roquismo y sus aliados socialistas, se incluyó “un apartado dedicado a los trabajadores indígenas, con el objetivo de regular su actividad en todos sus aspectos, lo que implica su reconocimiento como hombres libres y sujetos de derechos y obligaciones” (12).
Por eso la historia es complicada y no se la puede explicar lineal y simplificadamente sino al precio de suprimir de ella la parte que no se ajusta a los dogmas preconcebidos. Las categorías de totalidad y de la contradicción dialéctica son las bases de cualquier interpretación correcta y verdaderamente científica de la historia. El historiador debe recoger todos los hechos realmente acaecidos, no solamente los que apoyan una tesis preconcebida ideológicamente. Los positivos y los negativos, si nos expresamos axiológicamente. Lo contrario es panfletería, discurso vacuo, falta de seriedad. La impronta de Vicente Fidel López, de Mitre y de Nahuel Moreno, en suma.

     4.b) “…en su cacería patagónica”.
 FALSO. ERRÓNEO. La campaña de Roca no fue una cacería “patagónica”, ya que no fue ni “cacería” ni “patagónica”: el General Roca se detuvo en mayo de 1879 en las márgenes del Río Negro, avanzó hacia el oeste hasta la confluencia de los ríos Neuquén y Limay donde nace el Negro y en junio emprendió el retorno a Buenos Aires. Vale decir: llegó hasta donde, convencional y geográficamente termina “el Desierto” (la pampa húmeda) y comienza la Patagonia, donde nunca penetró. La inexistente “cacería patagónica” (en realidad: una ocupación militar ordenada) en todo caso, no la protagonizó el General Roca, sino el General Lorenzo Wintter, Gobernador de la Patagonia. Los que sí cazaban literalmente indios eran los esbirros armados de los latifundistas patagónicos, que se fotografiaban orgullosos sonriendo y con un pie sobre el cadáver de un indígena previamente desorejado.
Autores como Alfredo Terzaga, Jorge Abelardo Ramos y otros han demostrado la falacia del “genocidio” y de la “cacería” por parte de Roca. Incluso un autor decididamente antirroquista como  Luis Franco, en su afán por desprestigiar al General Roca con otros argumentos, contradijo por anticipado hace treinta años a sus actuales denigradores. Franco afirmó, efectivamente, en su libro “La pampa habla”, que las tribus rebeldes de esa región no fueron, en lo fundamental, deshechas por  Roca, sino por los Comandantes Racedo, Villegas, Levalle, Wintter, Maldonado y Donovan durante los años de la Presidencia de Avellaneda y el ministerio de Guerra de Adolfo Alsina. En su concepto, la marcha de Roca al Desierto fue apenas una puesta en escena para la campaña electoral que se aproximaba, ya que el vencedor de Mitre era el candidato de la provincias a la primera magistratura de la Nación (13). Coincidentemente, Liborio Justo había afirmado que la empresa roquista no había sido más que “un verdadero paseo militar” (14). Se esgrime la “tesis negra” o la “tesis blanca”, según convenga. Una y otra eran mutuamente contradictorias, pero no importa, ya que la finalidad de tales “análisis” no es la de alcanzar la verdad, sino “desmonumentalizar” y demonizar al gran Presidente argentino. Como escribe Terzaga, “a lo que parece, el mérito debió consistir en que se tratara de un periplo sangriento desde Plaza de Mayo hasta Choele-Choel, con el General al frente blandiendo su espada tinta en sangre… (15). Nuevamente estamos en presencia del “gataflorismo”  historiográfico: si hubiera hecho esto, habría sido un “sanguinario genocida”; si no lo hubiera hecho, estaríamos en presencia de un “farsante” que hacía su campaña política rodeado “de Estado Mayor, clarines, banderas, y hasta sotanas y sabios” (16), según Franco.

5) Rosa transcribe esta noticia de La Nación del 17-11-1878 “El (Regimiento) Tres de Línea ha fusilado, encerrados en un corral, a sesenta indios prisioneros…”.
DUDOSAMENTE  CIERTO  PERO  UNILATERAL. Dudosamente, porque es una información dada por el diario mitrista, interesado en enlodar y difamar siempre a Roca y los roquistas. Suponiendo haya sido cierto: es un hecho lamentable y repudiable, sí. Pero ¿no habría que compensarlo con las matanzas de gente inocente realizadas por los malones indígenas? Por ejemplo -y sólo un ejemplo-, la llamada “Invasión Grande” de Namuncurá a la provincia de Buenos Aires a fines de 1875: “solamente en Azul -dice Juan Carlos Walther- 400 vecinos fueron asesinados, 500 cautivados y los indios arrearon unos 300.000 animales” (17). ¿O es que la vida de aquellos argentinos no valía tanto como la de los aborígenes de 1878/9?
De todas maneras, episodios de este tipo ocurren desgraciadamente en todas las guerras y no son patrimonio de los militares argentinos. El mismo Calfucurá, alabado por el ultraindigenista Guillermo Magrassi como el “héroe máximo” de las pampas y “prototipo de sus virtudes” (18) -lealtad, valor, respeto a la palabra empeñada-, asesinó a traición en 1835, en las cercanías de la laguna Masallé, a decenas de indios voroganos que lo habían recibido en son de paz para dar comienzo a su hegemonía en la pampa argentina, que invadía viniendo de Chile, de donde eran originarios él y su tribu (19). Lo importante es saber que no se trataba de una política general deliberada, sino de episodios sueltos imposibles de evitar en los enconos propios de toda contienda bélica. Las barbaridades del Tres de Línea o los asesinatos injustificables del Teniente Ramón Lista de ningún modo son representativos del sentir del General Roca y de su proyecto civilizatorio, que si no fue mejor como pretenden anacrónicamente desde la actualidad sus críticos, se debió a que estaba condicionado por las ideas de la época. Por el contrario: la orden de Roca para sus tropas fue: “Se guardará de ejecutar ningún acto de hostilidad con estos indios, sin ser de ningún modo provocado” (20).
Si tuviéramos que elegir, esquemáticamente, entre dos actitudes posibles del Conquistador de Desierto, habría que decir entonces, que, en todo caso,  su conducta se parece  más al “paseo militar” que al “genocidio inhumano” que sus propios detractores, en su incoherencia, hacen inexistente.

6) “…bajo su gobierno murió el primer trabajador por represión, en un acto del 1° de Mayo”, escribe en otra muestra de ignorancia nuestro autor sub-examen.
FALSO. Los primeros trabajadores abatidos por la represión lo fueron mucho antes del gobierno de Roca. Fueron los paisanos de Artigas, de Estanislao López, de Pancho Ramírez asesinados por las tropas enviadas a las provincias por los gobiernos porteños del Directorio desde 1814. ¿O acaso aquellos criollos que se desempeñaban como artesanos, pastores, puesteros, tejedores, pulperos, desolladores, arrieros, troperos, conductores de carros y tantos otros oficios, masacrados por los Comandantes Viamonte, Montes de Oca, Díaz Vélez, Haedo y otros no eran tan trabajadores como el marinero Juan Ocampo que menciona Rosa? ¿No lo eran también lo centenares que Mitre y Sarmiento hicieron asesinar por sus generales uruguayos cuando enviaron sus expediciones punitivas a las provincias después de la batalla entregada de Pavón? Joaquín V. González constataba que el apoyo al Chacho Peñaloza en 1863 “era numeroso en la clase trabajadora del pueblo, particularmente entre los artesanos”. Y agrega Fermín Chávez que al retirarse el Chacho derrotado en la batalla de Las Playas, “quedan manteniendo el desigual combate con heroica bravura los artesanos de Córdoba, que han dejado el martillo” (21). La lucha social no comienza con la administración de Roca. La precede y la sigue hasta hoy. Eso debería saberlo un dirigente como Mariano Rosa. Es que la visión porteña y antinacional del Sr. Rosa le hace creer que los primeros y únicos trabajadores fueron los de origen inmigratorio que entraron por el puerto de Buenos Aires, ignorando toda la historia previa del mundo del trabajo criollo.

7) “…promulgó la Ley de Residencia en 1903”, acusa Rosa en vez de enunciar.
CIERTO PERO UNILATERAL. La aristocracia terrateniente (a la cual ya se había integrado parte del roquismo -otra parte se haría yrigoyenista- a veinte años de la conquista del poder, en virtud de la vertiginosa prosperidad que la semicolonia privilegiada estaba disfrutando), la elite aristocrática, decimos, asustada por la propaganda anarquista y la protesta obrera, que eran una novedad en esta sociedad agraria y pastoril, hace aprobar esta siniestra Ley el 22 de Noviembre de 1902 (y no 1903 como dice el articulista). Ella es un baldón para Roca y la Generación constructora del Estado moderno. Se puede explicar por las condiciones de época y lugar, pero no justificar. Pero como bien dice Norberto Galasso en su extraordinaria “Historia de la Argentina” -sin duda la mejor jamás escrita- “como la historia se complace en no ser lineal y aun peor, poco apta para los simplificadores” (22), se debe recordar, junto a esta repudiable legislación, que Roca no encaró la “cuestión social” solamente con represión, sino que encargó al socialista catalán Juan Bialet Massé un estudio sobre el estado de las clases trabajadoras en todo el país e hizo proyectar un Código de Trabajo (el más avanzado de la época) en el que colaboró el grupo de socialistas integrado por el mismo Bialet, José Ingenieros, Manuel Ugarte, Augusto Bunge, Leopoldo Lugones y Enrique del Valle Iberlucea. La oposición lógica y esperable de las organizaciones patronales y la oposición ultra-miope de anarquistas y socialistas juanbejustistas impidió que se aprobara por el Congreso ese instrumento legal que contenía ya conquistas que al proletariado le costaría 40 años de lucha conseguir: “la  jornada de ocho horas,  la limitación de las horas de trabajo de los jóvenes obreros, la supresión del trabajo nocturno; el descanso semanal de 36 horas continuadas (sábado inglés); la prohibición de trabajar a los niños menores de 14 años; la exclusión de las mujeres de ciertos trabajos; el salario mínimo para los trabajadores del Estado; el alojamiento higiénico para los obreros que algunos patrones alojan; la higiene y la seguridad en el trabajo; la responsabilidad patronal por los accidentes; el reconocimiento de las organizaciones obreras y los tribunales mixtos de obreros y patrones”(23). ¡Estaba bastante bien para un general “genocida”, “represor” y “jefe de la oligarquía”!

8) “La Campaña del Desierto tuvo como saldo la conformación del latifundio”, prosigue Rosa.
PARCIALMENTE CIERTO. La conformación del latifundio no comienza con Julio Argentino Roca, sino mucho antes: la primera tanda de latifundistas se integra con los beneficiarios de la Ley de Enfiteusis de Rivadavia; la segunda con las ventas a precio vil de tierras fiscales por parte de Juan Manuel de Rosas; y recién la tercera con los campos obtenidos en la Conquista del Desierto (24). Sin embargo, se debe aclarar que Roca y aquellos hombres de la Generación del Ochenta, al organizar esa “Conquista”, no estaban pensando en fines mezquinos como proporcionarles latifundios a los terratenientes bonaerenses. Este apoderamiento de las ricas praderas de la pampa húmeda fue más bien una consecuencia obligada del financiamiento previo de la campaña hecho por parte de los terratenientes y del proceso social y político inmediatamente posterior que ellos hegemonizaron, porque Roca y sus amigos en realidad pensaban en grande: unificar el espacio geopolítico nacional, asegurar la posesión de la Patagonia frente a los chilenos y los aventureros como el francés “Oreille Antoine I, Rey de Araucanía y Patagonia” (25), e incorporar a la producción nacional aquellas 15.000 leguas de pampa ubérrima ante las cuales los indios se comportaban como el perro del hortelano, que “no come y ni deja comer”. Que esa producción no se organizara luego al modo democrático de la pequeña y mediana propiedad (la “vía norteamericana” de los farmer), sino al modo latifundista, extensivo y parasitario (la “vía prusiana”) no dependió de Roca, sino de la totalidad del proceso histórico argentino precedente y de las acciones subsiguientes de la clase dominante, como decimos.
Resulta de mucha mala fe que Franco apunte a Roca como el gran impulsor del latifundio oligárquico y alabe sin medida a  Adolfo Alsina, el cual por “su condición de político y civil”, aspiraba, dice, “a triunfar con el máximo de provecho y el mínimun de gastos económicos y también humanos” (26), pero oculte cuidadosamente que no fue Roca sino precisamente  Alsina, quien, como miembro de la clase gobernante bonaerense, estaba interesado en la extensión del poder terrateniente. En efecto, Alsina, siendo  Ministro de Guerra de Avellaneda, “en sus mensajes y en sus cartas a Roca invocó varias veces el interés de los ganaderos bonaerenses y la necesidad urgente de ampliar las áreas explotables” (27)

(Y abstengámosnos, compasivamente, de analizar por lo menudo la grosera “sociología de sastrería”, practicada por Luis Franco et al, para la cual los civiles son “los buenos” y los uniformados “los malos”. Solo recordaremos que Krieger Vasena, Martínez de Hoz, Menen y Cavallo fueron civiles como Mariano Moreno, Yrigoyen o Roque Sáenz Peña, mientras que San Martín, Mosconi, Savio y Baldrich fueron militares como Paunero, Uriburu, el Almirante Rojas o Videla. El asunto es más complejo de lo que imaginan los sociólogos-sastres…)

  Briones y Delrío, no obstante su antipatía por la “Conquista del Desierto”, a fuer de  honradez intelectual, ponen de relieve en uno de sus trabajos que mientras el Congreso de la Nación  -cuyas bancas ocupaban, obviamente, los representantes de las clase oligárquica dominante- dictaba leyes que favorecían la acumulación privada de las tierras públicas en pocas manos, el General Roca, como Presidente de la República, otorgaba directamente por decreto extensiones considerables de campos a las tribus que hasta hacía poco combatiera y hasta las defendía de abusos de los terratenientes. Así, en su segunda presidencia (1898-1904), “ante los intentos de los estancieros vecinos por adueñarse de las tierras que ahora ocupan” los miembros de la tribu del cacique Miguel Ñancuche Nahuelkir, informado por éste, crea inmediatamente la “Colonia Cushamen” en sus tierras del Chubut, en su favor, con una superficie de 125.000 hectáreas (28).Igualmente, en La Pampa Central, cuando el comerciante-proveedor de la tribu (un tal Güiraldes, apellido de terratenientes), se presenta a la comunidad de Caleu y Curunao Cabral con un  documento que lo hace dueño de sus tierras, Roca los escucha y los protege con “el decreto de formación de la Colonia Pastoril Emilio Mitre” (29). En 1899, cuando Bibiana García Catriel reclama tierras “para los restos de la tribu de Catriel, errantes por el Rio Negro”, el Presidente se las concede en las Colonias “Valcheta” y “Catriel”, que crea (30). Otro decreto, del 24 de febrero del mismo año, concede tierras en La Pampa a la gente del cacique Ñankufil Calderón. En el Chubut, consigue sus tierras la tribu del cacique  Kankel y en Río Negro la de los seguidores del cacique Ancalao, en 1900, en las vecindades del Arroyo Las Minas (31).

   A esta altura del texto, es pertinente señalar que la figura de Roca y sus partidarios no debe juzgarse solamente por el “saldo” de la Campaña del Desierto, como dice Rosa, sino por el saldo total de todos sus doce años de gobierno: ese saldo incluye, aparte de la conquista de la pampa, la inmigración de masas para un país vacío como el nuestro, la federalización de Buenos Aires, la secularización de las instituciones, una política exterior de fraternidad americana, la unificación monetaria y la centralización del Ejército nacional con prohibición de las milicias provinciales. Estos logros son los que permiten ver al General Roca como lo que realmente es: el constructor de la Argentina moderna.
  Es curioso que indigenistas y ultraizquierdistas se empecinen en presentar a Roca como “genocida” y no digan nunca una palabra contra los verdaderos genocidas: Sarmiento y Mitre, que asolaron las provincias cuando tuvieron poder, con miles de muertos, y destruyeron el Paraguay exterminando a casi ¡un millón de habitantes! El Senador por Santa Fe  don Nicasio Oroño, contemporáneo de Mitre, informó en el Congreso de la Nación que durante los seis años del gobierno del “vencedor” de Pavón hubo en las provincias 4.728 muertes, y Eduardo Wilde escribía por esos años que “Don Bartolo… ha sacrificado centenares de víctimas, miles diría, si  recordara las carnicerías de Sándes” (32).
  El Sr. Rosa y sus correligionarios se conduelen por los indígenas de la Patagonia, pero no se les mueve un pelo por los argentinos criollos del Interior y los millares de paraguayos asesinados. Eso es porque son “mitro-marxistas”: coinciden con la leyenda porteño-mitrista en su visión histórica y en los hechos contemporáneos que sus aliados objetivos protagonizan. Nada es casual.

9) Y termina con esta frase que cree muy feliz: Hitler representaría la civilización porque construyó autopistas y promovió el Volkswagen, ya que Roca sería “abanderado de la civilización porque creó el Registro Civil o el Banco Hipotecario”.
COMPARACION  FORZADA Y DE MALA FE. Ironía original de Osvaldo Bayer, que pretende ser fina pero es sólo errónea. El crítico ignora que Hitler hizo otras “cositas” aparte de esas dos: reactivó la economía alemana, detuvo la inflación, reabsorbió a millones de desocupados, creó el ejército más poderoso de Europa y unificó la nacionalidad alemana con el Anschluss.  Estas realizaciones explican el apoyo de masas que el Führer tuvo de su pueblo hasta último momento. Pero no por eso él representaba la “civilización”. Como todos saben, sólo representaba la barbarie en su peor expresión.
   En cuanto al General Roca, según dijimos arriba, él hizo también algunas “cositas” más que las dos que le reconoce el Sr. Rosa (¡qué mezquino!). Y lo hizo sin perseguir a los judíos, sino, por el contrario, promoviendo la inmigración hebrea, cuyo primer contingente importante llega durante su mandato en el vapor “Wesser”, en 1889. No hay punto de comparación.
Por supuesto, hubiera sido mucho mejor que se conquistase el Desierto para la producción agropecuaria y para la soberanía nacional sin que corriese la sangre de nadie y sin que el latifundio impusiera su impronta retardataria. Pero, como escribiera Hegel, “la historia avanza por su lado malo”. Los intentos pacíficos de los jesuitas y sus misiones y los de Alsina y su zanja habían fracasado y el plan de Álvaro Barros era impracticable, y el país no podía esperar cincuenta años más para ver si otro proyecto de esa índole lograba en una o dos generaciones integrar a las tribus indígenas a la comunidad argentina. La Patagonia se hubiera perdido a manos de Chile y la pampa húmeda habría llegado tarde al mercado mundial que demandaba con urgencia sus  carnes y su producción cerealera de clima templado. El país trasandino ocupado en su Guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia y Europa interesada en adquirir todo lo que la llanura ubérrima produjera, indicaban que esa era la oportunidad de iniciar la Campaña del Desierto y Julio A. Roca tuvo la genialidad de comprenderlo.
   Como ha citado el Dr. Raúl Faure, Ramón J. Cárcano, “con su habitual penetración, sintetizó en este concepto el significado de la campaña: La solución resuelve una lucha permanente de tres siglos, dobla la extensión territorial, multiplica las empresas capitalistas y los rendimientos del trabajo y asegura las fronteras  del sur contra la codicia extranjera(33). Era el lenguaje directo pero sincero de aquella generación que tenía en el cordobés su  último retoño.
No podemos, como conclusión, sino compartir el juicio que sobre este debatido asunto hizo Roberto F. Giusti hace ya más de medio siglo: “Contra las ucronías pampeanas de los indigenistas, yo argumentaría diciéndoles que la conclusión de ese proceso histórico fue fatal, no el fruto sangriento de crueles doctrinas racistas, sino el desenlace inevitable de una guerra entre dos mundos que no podían coexistir” (34).
  De manera que, a nuestro criterio, el general Roca se merece todos los monumentos, bustos, avenidas, calles, cortadas, parques, plazas y ferrocarriles que se le han dedicado.
                                                    Córdoba, 22 de Febrero de 2015
                                     


                              
                         N O T A S
1) Gabriel del Mazo: “El Radicalismo”, Editorial Raigal, Buenos Aires 1951, Tomo I, pág.64.
2) Manuel Gálvez: “Vida de Hipólito Yrigoyen”, Editorial TOR, Buenos Aires 1951, pág. 94, y Álvaro Yunque: “Leandro N. Alem, el hombre de la multitud”, Editorial Americana, Buenos Aires 1953, pág. 352.
3) Alfredo Díaz de Molina: “La Oligarquía Argentina”, Ediciones Pannedille, Buenos Aires 1972, Tomo 2, pág.668.  
Los “bernardistas” eran los radicales conservadores que reconocían el liderazgo de don Bernardo de Irigoyen, sin parentesco con el caudillo popular Hipólito Yrigoyen.

4) Horacio Videla: “Historia de San Juan”, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires 1984, pág.92.
5) Norberto Galasso: “Historia de la Argentina”, Editorial Colihue, Buenos Aires 2012, Tomo II, pág. 41.
6) Jaime Eyzaguirre: “Historia de las instituciones políticas y sociales de Chile”, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 1990, págs.164/165.
7) Carlos Martínez Sarasola: “Nuestros paisanos los indios”, Editorial EMECE, Buenos Aires 1992, pág. 570.
8) Roberto A. Ferrero: “La Conquista del Desierto, los indígenas y el indigenismo”, en Revista Disenso N° 19/20, Buenos Aires 1999, pág. 35.
9) Norberto Galasso: op. cit., Tomo I, págs .509/10.
10) Enrique Hugo Mases: “Estado y Cuestión Indígena. El destino final de los  indios sometidos en el sur del territorio (1878-1930)”, Ed. Prometeo Libros, Buenos Aires 2010, págs. 237/38.
11) Idem. : págs. 205/210.
12) Idem. : págs. 279/280.
13) Luis Franco: “La pampa habla”, Ediciones La Verde Rama, Buenos Aires 1982, pág.179.
14) Liborio Justo (“Quebracho”), cit. en Alfredo Terzaga y Rafael Garzón: “La Colonización de la Patagonia y la Cuestión Indígena”, Ed. Universidad Nacional de Rio Cuarto, Rio Cuarto 2002, pág. 137. Guillermo Magrassi adhiere a este punto de vista (V. su op. cit. abajo, pág. XIX.)
15) Alfredo Terzaga: “Historia de Roca”, Peña Lillo Editor, Buenos Aires 1976, Tomo 2, pág.99.
16) Luis Franco: op. cit., pág. 179.
17) Juan Carlos Walther: “La Conquista del Desierto”, Círculo Militar, Buenos Aires 1964, pág. 452.
18) Guillermo Magrassi: “Prólogo” al libro de Estanislao S. Zeballos: Callvucurá y la Dinastía de los Piedra”, CEAL, Buenos Aires 1981, Volumen 1, pág. XVIII.
19) Ernesto Del Gesso: “Pampas, araucanos y ranqueles”, Patagonia Sur Libros, Buenos Aires 2.007, págs. 89/90, y Mariana Vicat: “Caciques Indígenas argentinos”, Ediciones  Libertador, Buenos Aires 2.008, págs. 78/80.
20) Julio A. Roca, cit. en Alfredo Terzaga Moreyra: “Los indios de Roca y los indigenistas posmodernos”, Edición de Fundación Cruz del Sur, Córdoba 2.007, pág. 12.
21) Cit. en Jorge Abelardo Ramos: “Revolución y contrarrevolución en la Argentina”, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires 1965, Tomo I, pág. 202.
22) Norberto Galasso: op. cit., Tomo I, pág. 509.
23) Jorge Abelardo Ramos: op. cit., Tomo I, pág. 429.
24) Jacinto Oddone: “La Burguesía terrateniente argentina”, Ediciones Libera, Buenos Aires 1967, passim, y Osvaldo Barsky-Jorge Gelman: “Historia del Agro argentino”, Editorial Grijalbo Mondadori, Avellaneda 2001, passim.
25) Francois Lepot: “El Rey de Araucanía y Patagonia”, Editorial Corregidor, Buenos Aires 1995, passim.
Orelie Antoine de Tounens fue un aventurero francés que, entre 1860 y 1876, tratará por cuatro veces de apoderarse del inmenso Sur de Chile y Argentina, proclamándose “rey” de esas  regiones con la adhesión de varias tribus chilenas y el apoyo de la banca de su país y el visto bueno de la Armada imperial de Napoleón III. De haber logrado sus propósitos, la Patagonia sería hoy sin duda un Estado semiindependiente, vasallo de Francia como lo fue Canadá de Gran Bretaña en el Siglo  Peligros como éste se aventaron con la acción de Roca.

26) Luis Franco: op. cit., pág. 165.

27) Alfredo Terzaga: op. cit., Tomo 2, pág.22.

28) Claudia Briones y Walter Delrío: “Patria sí, colonias también”, en Ana Teruel et al (compiladores): “Fronteras, Ciudades y Estados”, Alción Editora, Córdoba 2.002, págs. 67/68.

29) Idem: págs. 68/69.

30) Idem: pág. 67

31) Idem: pág. 70

32) Citados en Norberto Galasso: op. cit., Tomo I, pág. 386.
El Comandante Ambrosio Sandes fue uno de los sanguinarios militares uruguayos al servicio de Mitre que devastaron y saquearon el interior argentino con ferocidad nunca vista. Respecto a los federales riojanos, a los que acudía a reprimir Sandes en marzo de 1863, el “civilizador” Sarmiento le aconsejaba al Presidente Mitre: “Si Sandes va, déjelo ir. Si mata gente, cállese la boca. Son animales bípedos (los riojanos) de tal perversa condición que no se qué se obtenga con tratarlos mejor” (Carta del  24-3-1863, cit, en Norberto Galasso: op. cit., Tomo I, pág.392.). Sandes no daba cristiana sepultura, como se acostumbraba,  a los soldados provincianos que asesinaba: los quemaba en montones en lo que se conocía como “las carboneras de Sandes”.

33)Raul Faure: “Roca: a cien años de la conquista del  desierto”, en su libro “La Soledad de los precursores”, Editorial Imágen S.A., Córdoba 1979, pág. 8.

34)Roberto F. Giusti: “Estudio Preliminar” al libro de Estanislao S. Zeballos: “Callvucurá-Painé-Relmu”, Editorial Hachette, Buenos Aires 1961, pág. 23 (el texto es de 1954).


(Objetada su publicación en la Revista de la Junta Provincial de Historia de Córdoba, a fines de 2015.)