viernes, 28 de junio de 2013

EL NEPOTISMO, LA DEMOCRACIA DEGRADADA



Por José Antonio Riesco
Instituto de Teoría del Estado

El organismo humano se degrada por la vejez o las enfermedades, los vicios atentan asimismo contra su entidad moral. Con la democracia  --el modo de existencia socio-política de los pueblos libres--  también ocurre que determinadas pérdidas en su vitalidad la hacen evolucionar negativamente. La práctica del “nepotismo” –con la instalación de los parientes en las posiciones públicas que conquistó un político exitoso--  es uno de sus antiguos achaques  venéreos.

Gustavo Ybarra lo acaba de describir en una muy buena nota a propósito de la actual experiencia argentina. En los datos y análisis que aporta se pone en evidencia cómo, en las listas para “las primarias”, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, los jefes de cada agrupación, dueños del armado de listas,   colocaron a miembros calificados de su parentela : esposas, hermanos, cuña dos, parejas y entenados. Y esto sin perjuicio de las concesiones a los aliados de oportunidad.

Vale recordar que semejante predilección por los familiares directos o lejanos también se da en la designación de funcionarios y empleados. Ya se trate de cargos en la administración  pública, en la justicia, en las cátedras universi tarias o, incluso, en las fuerzas armadas. Es, además, muy antiguo. Lo hicieron habitualmente los reyes y príncipes de la Edad Media y del Renacimiento, sin excluir al Papado. Pero semejante “libertinaje” del poder no cesó de Robespierre en adelante.

No siempre este pecado de los políticos fue nefasto. Napoleón, que además de admirable estratega fue un estadista, entre otros sancionó el Code Civil –de sustancia liberal y que aún rige en muchos respectos. Aunque hizo mucho para demoler el feudalismo, fundó su propia monarquía (el imperio) y nunca dudó en colocar a sus hermanos y cuñados como reyes o comandantes. Que se casara con Josefina, ex amante de Barrás y luego de Tayllerand, ayudó mucho en la carrera de ambos. La virginidad no suele hacer historia.

Unos años antes de la Revolución de 1789, bien se ha dicho, el rol político de La Pompadour fue una importante ayuda en la política exterior de Luis XV. Así como que el destino de Luis XVI  podría haber sido mejor si en su cama hubiese estado alguien como élla y no María Antonieta que nada entendía del poder y sus problemas.

De todos modos, y retornando al siglo XXI, el desmadre del reparto hacia la parentela que en el orden nacional y en las provincias ejercen los políticos argentinos, con sus excepciones, nada viene haciendo para que la democracia sea, con sus virtudes, republicana, y se aleje del personalismo, la demagogia y el clientelismo. En ese hábito la impudicia es una norma. En la puerta se quedan los aspirantes más idóneos salvo que sean apetecibles por que “les da muy alto en las encuestas”.

Se llama nepotismo. Es legal esto..? Parece que sí, al menos no se conoce una ley que lo prohíba.  Pero no tiene valor jurídico que un hermano, la esposa o la concubina del gobernante convalide  con su firma un decreto o un proyecto de ley. Y esto no impide que tenga un secretario privado o un asesor de su confianza personal en lo cual la ligazón familiar no presenta impedimento legal.

En sentido contrario –como ocurre en  ciertos casos--  surge lo que antes calificamos de degradación del sistema político. La extensión de tales irregularidades implica una crisis de moralidad en el ejercicio de las funciones y máxime si al asumir el mandatario juró cumplir y hacer cumplir la Constitución. La ruptura con tamaño compromiso va más allá de los formalismos de la ley y contamina a los sujetos que son actores de la conexión democrática de poder, o sea al ciudadano y al mandatario. Si éste hace del cargo un juego doméstico mediante la práctica del nepotismo es grave, y si aquél lo tolera y apaña es mucho peor. Será el momento en que la gangrena invade a la democracia.

No se trata de hacer del sistema un convento de monjitas “del silencio”. Alguien, cultor de Maquiavelo, supo decir que en la faena del poder “siempre es preferible un pícaro a un santo”. Tampoco cabe ignorar que, mediando un conflicto de lealtades, entre las partes, la compulsión al castigo suele ser extrema. Cuando a Pedro El Grande el informaron que el príncipe, su hijo, estaba conspirando, lo hizo torturar y asesinar. Mussolini designó canciller al yerno, el conde Ciano y ante su rebelión en 1943 lo hizo fusilar.

En el nepotismo está de por medio un problema ético. Más allá de la conciencia moral en las relaciones individuales (yo-tu) está lo que vincula al gobernante con el sistema, o sea al político con la democracia (yo-los otros). La democracia está fundada en la dignidad del ciudadano y en la calidad del “nosotros”, el grupo social. De ahí que están, en una cierta medida, obligados con la moral. Al decir de J. L. Aranguren “un político que se entregue ingenuamente a la inmoralidad política sería un mal político”. (p.43)

Para equilibrar un poco las cosas, vale tener en cuenta que, más allá de lo razonable y permitido por el Decálogo, o sea sin incurrir en beatería, anotamos tres explicaciones del fenómeno :

a) Si se trata de partidos nuevos, emergentes, donde el fundador, con dinero y buena cifra en las encuestas, no cuenta con una dirigencia recién incorporada y la cual no le merece confianza suficiente y madura; para no correr riesgos de traiciones sólo atina a depositar su fe en los que ya conoce y a los que les liga el afecto y/o los intereses personales (los parientes).

b) Si se trata de partidos inorgánicos donde –con aquiescencia de la Justicia--  una cúpula arraigada resuelve sus ambiciones personales (y familiares) con negociaciones entre sus miembros. No rigen, ni se respetan, las previsiones de la Carta Orgánica, ni del Estatuto de los Partidos Políticos. Parte de esta crónica falta de transparencia de la democracia interna tiene que ver con una masa de afiliados, cuando la hay, que “reprime sus deseos” (y derechos) y vejeta resignada. A veces en homenaje a la unidad o a la lealtad, y otras por la comodidad de subsistir políticamente acunada en el “status” de rebaño.

c) Dentro del proceso de decadencia de la política no hay empeño en la formación de una nueva dirigencia que se incorpore a la militancia para ir renovando lo que ya existe. Las “escuelas” no prosperan, al menos en sus resultados, y la promoción se cumple al viejo estilo : incorporar valores huma  nos que sean amigos o parientes de la élite veterana; o que, no siéndolo, públi camente se muestran exitosos en el mundo comercial, profesional o académico y ayudan a mejorar “la imagen” de los líderes y/ las agrupaciones.

El nepotismo comparte con otros vicios y déficits la decadencia de la política argentina, tal cual se expresa en la situación de los partidos políticos. Esto es muy grave pues se trata de los elementos activos de la democracia representativa. Son ellos a los que la sociedad les puede reclamar o exigir que tengan al “bien común” o al “interés general” por objetivo dominante. No así a los otros centros segmentarios de poder socioeconómico (empresarios y sindi calistas) donde, por definición es dominante la conducta de grupo de presión.-


Referencias: 
Gustavo Ybarra : columnista de “La Nación”, 25.VI.2013      Aranguren, José Luis : Etica y política;  ed. Orbis, Barcelona, 1985 -