lunes, 27 de mayo de 2013

LA ARGENTINA, UN PAÍS AISLADO SIN QUE NADIE LO HAYA EXCLUÍDO




Por Carlos Pagni

La Argentina no forma parte del plan de Barack Obama para relanzar las relaciones de los Estados Unidos con América latina. Las razones de esa exclusión radican, en principio, en la peripecia que ha tenido la relación bilateral durante la era Kirchner. Pero también operan factores más densos, como la posición de la Presidenta frente a la acelerada reconfiguración que se registra en la región, sobre todo en el mapa de las relaciones comerciales. Un proceso al que el Gobierno insiste en sustraerse.

Buenos Aires no estará entre las escalas del viaje del vicepresidente norteamericano, Joe Biden. Tampoco Cristina Kirchner figura en la lista de latinoamericanos convidados a la Casa Blanca.

La omisión tiene un motivo inmediato, sólo en apariencia trivial: ningún diplomático norteamericano quiere correr el riesgo de hacer pasar un mal momento a los máximos gobernantes de su país. La memoria del Departamento de Estado está marcada por tres traumas recientes: los malos tratos de Néstor Kirchner a George W. Bush en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en 2005; los insultantes reproches de Cristina Kirchner en diciembre de 2007, a raíz de las investigaciones sobre Guido Antonini Wilson y su valija precursora, con 800.000 dólares, y la irrupción de Héctor Timerman en un avión de la fuerza aérea norteamericana, para incautar material sensible con el pretexto de prevenir un eventual atentado terrorista. Nadie puede asegurar al gobierno de los Estados Unidos que las autoridades argentinas no agriarán una visita con algún exabrupto irreparable.

A esos escándalos se les sumaron desaires menos estridentes. Durante la X Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas, que se realizó en octubre, en Montevideo, Arturo Puricelli, presionado por su secretario internacional Alfredo Forti y contra lo que había prometido, votó en contra de que las Fuerzas Armadas puedan prestar servicios de ayuda humanitaria, por temor a un avasallamiento imperialista. Con el mismo criterio, la Casa Rosada obligó a tres gobernadores a rechazar la donación de otros tantos centros para atender emergencias naturales, ofrecidos por los Estados Unidos.

Sin embargo, el desencuentro entre Buenos Aires y Washington se profundizó con el acuerdo entre Cristina Kirchner y el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad. No sólo por la aproximación argentina a un régimen como el de los ayatollahs, al que las principales potencias occidentales pretenden aislar.

Lo más irritante para la relación con los Estados Unidos es que esa aproximación es un giro de política exterior todavía incomprensible. Alcanza con recordar que el 10 de agosto de 2010, Héctor Timerman visitó a Hillary Clinton para denunciar que Teherán encubría a los iraníes que atacaron la AMIA, y para hacerle notar que esos terroristas estaban detrás del intento de voladura del aeropuerto Kennedy.

Cinco meses más tarde, Timerman negociaba con el canciller de Irán, Ali-Akbar Salehi, en Aleppo, una comisión bilateral que determinaría quiénes eran los autores del atentado y quiénes sus encubridores. De proponer una alianza antiterrorista a los Estados Unidos pasó a acusarlos de terroristas.

La pirueta todavía no concluyó. El Gobierno no consigue explicarse por qué Ahmadinejad no envió el acuerdo a la Asamblea Consultiva de su país. Aunque para cualquier lector de diarios internacionales es obvio: Ahmadinejad está peleado a muerte con el presidente del Parlamento, Ali Larijani.

Con independencia de estas torpezas, para los Estados Unidos la decisión del kirchnerismo de negociar con los iraníes la causa AMIA significa un cambio de bando en medio de una guerra. El acuerdo se celebró dos meses después de que Obama promulgara una ley para contrarrestar la influencia de Irán en el hemisferio occidental.

Washington interpreta esa vuelta de campana como la expresión diplomática de la creciente falta de compromiso de Cristina Kirchner con algunos rasgos de la democracia republicana, como la libertad de prensa. Cuando hace 10 días la subsecretaria para las Américas norteamericana, Roberta Jacobson, debió justificar por qué la Casa Blanca no privilegiaba ciertas asociaciones, se refirió a esa defección. Estaba respondiendo una pregunta sobre las amenazas a los medios de comunicación bajo el kirchnerismo.

Sería incorrecto limitar a estos entredichos las razones por las cuales la Argentina fue separada del plan latinoamericano de Obama. Esa iniciativa es parte de un proceso de integración que se desarrolla, sobre todo, en el plano comercial. Estados Unidos firmó tratados de libre comercio con Costa Rica, Panamá, México, Colombia, Perú y Chile. Los últimos cuatro países firmaron el jueves pasado un acuerdo para liberar el 90% del intercambio de bienes. Al mismo tiempo, Chile, México, Perú y los Estados Unidos negocian desde diciembre pasado un acuerdo de Asociación Trans-Pacífica (Trans-Pacific Partnership, TPP), con Australia, Singapur, Nueva Zelanda, Brunei y Vietnam.

Cristina Kirchner no está dispuesta a examinar estas novedades. Su administración camina en sentido inverso: fue eliminada del régimen de preferencias comerciales de los Estados Unidos, y denunciada por más de 40 países en la OMC por prácticas desleales de comercio.

En el campo energético, también la aproximación es dificultosa. Obama impulsa una asociación continental para la producción de energía, sobre todo la renovable y la no convencional. Aspira a que en dos décadas su país se abastezca sólo en el mercado de las Américas. Esa pretensión entraña una de las mutaciones más importantes de la escena global. La Argentina podría jugar un rol destacado con YPF y su yacimiento Vaca Muerta. Pero el gobierno de los Estados Unidos no puede avanzar en esa dirección hasta que no se resuelva el conflicto con España por la propiedad de esa compañía.

Desconfiada de la tendencia a la desregulación del comercio y la integración económica que prevalece en la región, Cristina Kirchner prefiere hacer de la Argentina una fortaleza. Un país que elige por propia vocación el aislamiento, sin necesidad de que lo excluyan..


La Nación, 26-5-13